El whisky J&B tomó parte como organizador de la presentación de Crystal Castles, publicitada desde principios de la segunda mitad de este año a través de Noiselab, por aprovechar su potencial como organizador de fiestas, vía su campaña “Start A Party” y así evitar la inminente cancelación de la misma debidaa la baja venta de boletos, convirtiendo el evento en gratuito y añadiendo el paquete de beneficios que una marca como esta puede brindar. El evento se llevó a cabo en La Tirana el pasado 6 de Noviembre.
La larga fila de personas que aguardaban a las afueras del lugar, desde temprano hacía fácil predecir que la convocatoria fue exitosa y que la fiesta sería demoledora. La paciencia se vió un poco puesta a prueba debido a que se permitió el acceso un poco más tarde de las diez; pero ya adentro, disfrutando de la escenografía y ambientación, las bebidas con nombres curiosos y las canciones que mezclaban 2 dj’s en el escenario, las preocupaciones se desvanecían y lo único importante era dejarse llevar por la marea de gente que poco a poco inundaba el lugar y se adecuaba al ritmo de la música.
Miembros de una generación marcada por 4 y 8 bits, entre las hazañas de “She-Ra” y la interpretación de la música como ciclos de sonidos que aparentemente carecían de sentido y de atractivo, Ethan Kath, el procesador de sonido de su Atari 5200, Alice Glass y su afortunada prueba de micrófono (“Alice Practice”) formaron Crystal Castles en Toronto. Tal vez el bagaje cultural que conlleva el haber sido un niño en los 80′s ha encontrado su punto de máxima expresión en la década actual, cuando estos se toparon con el futuro real, lejano a la imaginación de quienes proyectaban a los humanos de después del 2000 en una sociedad al alcance de utópicos medios de transporte personales voladores, hologramas en cada esquina promocionando las marcas de antaño y muchas otras predicciones de la ciencia ficción o de la industria de la tecnología y se dieron cuenta de que existían condiciones y vías para proyectar la representación de su infancia en maneras muy diversas. Crystal Castles hace música, que suena como el ruido que provoca un “bug” dentro de una línea de comandos mal programada, y que causa mover el cuerpo como imitando los gráficos basura que este misma anomalía obliga a los monitores mostrar. Sus instrumentos son artefactos electrónicos que alteran secuencias de sonido digitales y análogas, combinadas con percusiones reales y el aullido de voces extremadamente distorsionadas, conectados a amplificadores y bocinas que hacen masivo el resultado en la pista de baile.
Ahí estaban Ethan y Alice acompañados de su baterista, que atrajeron a la gente hacía el frente en un remolino que no sabía si bailaro ver como Glass (que no por nada fue nombrada la persona más cool del 2008, según un recuento de la NME) se convulsionaba, con su peculiar mirada perdida y su performance de autodestrucción escénica, como un fantasma que deambula saltando por todo el escenario gritándole al público su historia. Ethan se encarga de operar toda la maquinaria para hacerla sonar como los rincones más oscuros de algún oscuro videojuego de el momento más oscuro de los 80′s, aplicando todo su genio y habilidad. El set fue corto, pero increíblemente destructor. Tal vez si hubiera durado más, hubiera sido imposible contenerlo después, y nuestros amigos del VIP terminarían en la pista abruptamente por que el mezzanine no habría soportado mucho más.
Después de Crystal Castles, todo fue celebración, baile y diversión amenizada por los dj’s, que mezclaron los hits de la pista de baile de la actualidad y una que otra pequeña sorpresa traída desde alguna parte de los 90′s que muchos alegan odiar y haber olvidado. Pero cuando estás en la fiesta y te sientes en confianza con todo el mundo, no queda más que bailar, a menos que te sientas igualmente confundido que el hombre encargado de la seguridad de el mezzanine, quien me preguntó: ¿Y este género qué es?