Por: Walter Omedè
Foto: Simpson/SICARIO
Hay eventos que son muy predecibles. Es fácil imaginar como se desarrollará, el tipo de gente que acudirá y hasta el espectáculo que presentarán los artistas en el escenario. Tal vez esta predisposición, tan arraigada, a no esperar muchas sorpresas en los eventos de rock en México, se deriva de años de dependencia de unas pocas productoras, foros e inversionistas que dominan “la escena local”. Afortunadamente, poco a poco han surgido proyectos valientes y más abiertos, dispuestos a traer a nuestro país presentaciones que en otro tiempo se antojaban imposibles.
Ahora vivimos en una época en la que es más frecuente disfrutar de conciertos de artistas interesantes y propositivos de México y el mundo. Sin embargo, este proceso de cambio está generando fenómenos peculiares; desde la adaptación de viejos locales tradicionales para la realización de los eventos (cantinas, salones de baile, espacios públicos, locales abandonados), hasta las batallas que se generan a cabo entre los asistentes por acumular capital social: cual pavoreales mostrando su plumaje, o simples seres humanos “tirando rostro”.
La carnada
Los elementos de la carnada fueron los siguientes: Los Amparito, Sanfuentes, Toro y Moi y Caribou, presentados en el Salón Covadonga de la Roma, un tradicional restaurante-bar que cuenta con salones de eventos, uno sobre el otro. Fue en el salón del segundo piso donde se instaló esta combinación de ingredientes cuyo objetivo era atraer y atrapar la mayor cantidad de personas.
Al principio se mostraban tímidos pero deslumbrantes individuos acceder al pequeño salón, la música ya retumbaba, y la venta de bebidas iba viento en popa. El ambiente de fiesta crecía conforme se llenaba el lugar, los abrazos efusivos abundaban y sonaban como si fuesen aullidos para delimitar el territorio.
Los Amparito marcan la pauta
El trio Jalisciense consentido del momento convocó al baile en el bosque. Para ese momento ya era notable el grueso de personas que estaba siendo atraído al salón. Muchos de ellos gozaban ya de bebida en mano, y alegremente intercambiaban cortesías. Los Amparito se veían sueltos, sin presiones, y tocaban singularmente bien. Hicieron un set largo, que el público recibió con gusto, lo que provocó el aumento del flujo de asistentes.
Toro y Moi inicia la marcha
Chazwick Bundick tomó el liderazgo y mostró que no iba a permitir que la atención se desviara de el. En este bosque ficticio, se encontraban todos ya muy cerca unos de otros, deslizándose en un baile colectivo o una maquinaria cuyos engranes se impulsan entre si. Se empezó a perder el sentido común: Las fumarolas aparecían en diversos puntos del lugar, al tiempo que la música que tocaba Toro y Moi subía en decibelios y emotividad. El volúmen empezó a afectar, llegó a ser demasiado insoportable, y justo en ese punto de la noche, se empezó a ver a varios de los asistentes caer desvanecidos. No puedo explicar si fue una especie de trance causado por la frecuencia de las luces y los estruendosísimos sonidos de la música, o si fue la aglomeración junto con el calor, si fue la falta de aire libre de contaminantes. Tuve que sacar cargando y casi a rastras a mi acompañante, hasta que una chica se ofreció a ayudarme a cargarla. El baile colectivo seguía, todos se admiraban de como habían iniciado el incendio forestal, si, de esos canadienses.
Caribou escapa de las llamas
Conservar la calma puede significar la diferencia entre catástrofe y salvación. En el punto climático de esta velada en el Salón Covadonga, no creo que hubiera alguien que lo supiera mejor que Daniel Victor Snaith; por algo lo llaman Caribou. Los asistentes se veían sacudidos, como si fueran sobrevivientes de algún acontecimiento en extremo perturbador. Había poco espacio para moverse, y mucho menos dentro del salón, completamente abarrotado. Permanecí junto a mi convaleciente acompañante sentado a la salida del salón y sólo escuchábamos a Caribou y sus músicos destrozando el lugar, y las bocinas destrozando de a poco la audición de los asistentes. Parecía que jamás terminaría, pero es una jugada que tiene muy bien ensayada la banda: Alargaban las canciones muchísimo más allá de lo normal mientras el público se los permitiera, y vaya que lo hizo, porque en ningún momento dejaron de saltar, bailar, aglomerarse y deshidratarse. Es verdaderamente impresionante el espéctaculo que monta el Caribou cuando sube al escenario. Mostró el camino para salir al claro, se zafó del incendio forestal, y el transcurso de la fiesta continuó sin que se convirtiera en algo lamentable. Lo malo es que lo vimos muy cerca, el quedar envuelto por las llamas.
Para ver la galería completa de fotos, visita: http://photoblog.sicario.tv/2010/05/caribou/







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