Por: Vadimir Palacios (Kurko)
Fotografías por Ana Tello
A un concierto se debe asistir desnudo. Liberado de prejuicios, de expectativas, de conciertos pasados, de probabilidades, de posibles set lists, de predicciones, de estadísticas, de sentimientos, de preferencias, de recomendaciones, de reseñas pasadas… en fin, uno debe llegar vacío a un concierto. Hay que llegar desnudo a la pista; los jinetes de escenario entonces nos irán vistiendo conforme completan su show, cubriendo los espacios, completando nuestra memoria y agrandando nuestras ideas; influir en nosotros es más fácil si estamos incompletos o mejor aún, no iniciados.
Vaciarse se dice fácil, pero es más difícil de lo que uno se puede imaginar. Es negar el ego, es negar nuestra experiencia, es ser pequeños en el recinto y agrandar al que se encuentra en el escenario; es algo casi inconcebible. Un acto de mero altruismo que acentúa sin lugar a dudas la experiencia vivida y que tal vez la magnífica fuera de la objetividad; la lleva más allá de lo real y quizás la mute en una concepción exaltada, en una mentir, en un engaño.
Aún así, prefiero perderme en la nula objetividad del vacío, de la vivencia primogénita y sin precedentes que en la crítica destructiva de la experiencia, la repetición y el “yo sé.” Un fan del descubrimiento y de la novedad, que ve más allá del contenido y de la interpretación y que ve todo como un universo a descubrir. Un detractor de la mundología y seguidor de la innovación subjetiva.
Así llegué, una vez más, al mejor concierto de mi vida. Fiery Furnaces + Suave as Hell. Y también llegó mi yo crítico y objetivo. Aquí les presenta ambas visiones, que para nada son optimista y pesimista.
Subjetivamente, los tapatíos de Suave as Hell abrieron el escenario. Interpretaron sus canciones de manera esplendida, con “feeling” y profesionalismo; todas sus rolas ensayadas a la perfección, amenizando al público que satisfecho ovacionó cada una de sus canciones llenas de psicodelia y nostalgia sesentera. Coreados y aplaudidos, deleitaron a los asistentes con versiones ensalzadas de sus conocidas canciones y, para nuestro regocijo, engalanaron la velada con rolas nuevas que estarán próximas a lanzar. Suave as Hell nos dio una muestra del gran futuro que le espera a esta banda mexicana.
Subjetivamente, el dueto neoyorquino tomaría las riendas del asunto, ayudados por un par de músicos de alta calaña en el bajo y la batería. Eleanor y Matthew Friedberger entregaron por completo su corazón a la más que complacida audiencia. Sus canciones fueron interpretadas con una energía que desbordaba en lo juvenil y ruidoso; abandonando el usual piano y percusiones jazzeras, por la guitarra eléctrica de Matt acompañada de efectos que nos obligaban a imaginar la acrofobia que se siente al mirar el vació y gritarle a la muerte, justo en un estrecho desfiladero; sin perder, sino más bien resaltando, la melódica y mágica voz de Eleanor, que nos llenó de un poder celestial y pagano. Una conjugación perfecta entre la experimentación, el arte, el ruido, el no-pop y la infinidad lírica atrapada en sus canciones, que solo se libera cuando hay una resonancia perfecta entre el público y su banda. No solo revivieron los clásicos: “Rub Alcohol Blues”, “Duplexes of the Death”, “Tropical Iceland”, “Ex Guru”, “Chris Michaels”, “Uncle Charlie”, “Crystal Clear”, “I’m In No Mood” y “Asthma Attack”, también ejecutaron sublime “Charmaine Champagne”, “The End Is Near”, “Drive To Dallas”, “Cut the Cake”y “Staring at the Steeple” de su más reciente material, I’m Going Away.
Cerrando con la magnánima “Here Comes the Summer” los Friedberger se despidieron a regañadientes pero felices y satisfechos después de un concierto que superó la expectativas de todos nosotros y las de ellos mismos.
Objetivamente, así debió haberse vivido el concierto. Sin embargo la baja calidad auditiva que expusieron ambas bandas impidió que toda esta reseña fuera cierta. No hubo ni momentos placenteros, ni emotivos, ni excitantes, ni regulares siquiera. Las culpas sobran: que si los ingenieros de audio, que si el equipo, que si la banda, que si el reciento, que si la ignorancia de los asistentes, etc. En ningún momento, ni Suave as Hell, ni Fiery Furnaces sonaron bien. La buena actitud y el amor por el rock tanto de las bandas como de su público hicieron soportable el concierto. Ni una sola palabra se le entendía al vocalista de Suave as Hell, ni una sola nota limpia salía de la saturada guitarra; el bajo se ahogaba en la aguda batería que reclamaba por un bombo bien microfoneado. Si bien Matt y compañía se escuchaban un poco mejor en cuanto a armonía y ritmo, la voz de Eleanor fue desgastada y acuchillada por una pésima ecualización, que los obligó a darnos un show incompleto, un gig que pintaba para dos horas de éxito tras éxito se transformó en una frustrante secuencia de canciones sin alma que por suerte no duró más de 1 hora. Ingenuos, cada que soportábamos un tema nuevo, rezábamos porque el siguiente fuera el salvador, el esperado mesías que daría por fin inicio al concierto, y no fue así. El sonido no mejoró y terminamos hundidos en un mediocre encoré de 20 segundos; 10 segundos más y el público habría desaparecido sin saber realmente qué fue lo que pasó. Los Fiery agradecieron (seguramente de todo corazón) a la paciente audiencia y, enojados y minimizados, se retiraron hundidos en sí mismos.
¿Uno debe de ir a un concierto desnudo y dejarse llenar con cualquier basura? ¿Debemos asistir llenos de prejuicios, cerrándonos y predestinando el fracaso de la banda y el concierto?
No importa la respuesta, uno puede ir cómo quiera. Pero la banda, los organizadores y el reciento no pueden elegir; DEBEN de dar un buen espectáculo con calidad en aspectos artísticos y técnicos. Estos últimos opacaron los primeros; el beneficio/costo del concierto fue risible, uno de los más caros a los que he asistido. El evento fue idealizado por Common People, y llevóse a cabo en un Pasagüero medio vacío.






























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