Por: Walter Omedè (@Walta) Fotos: Azul Ramírez (@rokaazul)
Había estado deseando desde hace bastante tiempo tener la oportunidad de encontrarme con Quiero Club en vivo. La primera vez (y única) que había podido ver su show, fue en aquel Happy-Fi Fest del 2004, en el extinto Rockotitlán de Miramontes; y que al momento de empezar a escribir este texto, encuentro mencionado en Andamos Armados. Es muy cierto que no fue una muy buena experiencia, sin embargo, fue una tocada muy representativa para la banda, para los fans, y para los seguidores de Happy-Fi, y fue el inicio de una carrera única dentro de la música nacional. Fue hasta el sábado pasado que pude tenerlos frente a mí en vivo, en una noche también muy significativa.
Actualmente, es mucho más fácil encontrar razones para amar a Quiero Club que para odiarlos. La desfachatez con la que siempre se han presentado, su naturalidad en el escenario y en sus composiciones los hace amables, y ellos disfrutan cada momento. Esta vibra es altamente contagiosa porque su única pretensión es y ha sido la de divertirse y hacer que los demás se diviertan con ellos, y a pesar de encontrarse en un momento dorado, no se les ve lejanos, siguen siendo el mismo Quiero Club que nos enamoró via radio en un principio. En mi opinión, quien se clava en buscar razones para demeritarlos necesita disfrutar de una fiesta más seguido.
Ahora que se han convertido en defeños por residencia, ningún foro les va a negar una fecha para presentarse. En esta ocasión fue el turno de que los recibiera el Caradura, tal vez el rincón de diversión más socorrido de la ciudad actualmente.
¿Y qué podíamos esperar?, definitivamente mucho público. Atraídos por la promoción de la marca patrocinadora, por la reputación combinada con el olor a nuevo del foro, y por 5 norteños. Había muy poco espacio para moverse o para hacer movimientos bruscos sin incomodar alrededor, y la selección musical no era para nada la mejor, era una especie de shuffle de unos 30 éxitos de la década pasada que no ayudaban mucho a poner el ambiente. El Caradura es aún así lo suficientemente acogedor para que no sientas claustrofobia y tengas chance de bailar un poco.
La espera se hizo larga, y hasta cierto punto pesada (cambien al DJ). El oscilador característico de Backstage Drama presentó a la banda con su indumentaria tribal, y comenzó la verdadera fiesta. Del catálogo de Quiero Club no hace falta rascar para encontrar un setlist asesino, y por eso una tras otra, con risas y con bromas, sonaron todos los hits que puedan pensar. El calor era fuerte, pero nadie se iba para atrás; todos nos queríamos divertir.
Hay una triste realidad implícita en este relato, que me gustaría poder esquivar, pero no puedo. Estábamos frente a uno de los grupos más influyentes y valientes de entre quienes representan la escena musical, y gran parte de lo que los trajo al D.F., es la infertilidad de la tierra artística del norte del país, provocada por la violenta guerra que lo infesta cada vez más. Tener eso en mente mientras bailas es una sensación devastadora, pero es esperanzador ver que aún podemos bailar y cantar hasta el final.
La leyenda en la playera de Pris es un mensaje del cual tal vez no puedo interpretar con claridad la intención, pero se que es el conjunto de circunstancias y de símbolos lo que hace que Quiero Club signifique en estos tiempos una fuerte declaración a favor de quienes queremos arte y diversión, y un retrato de un país que sería tan unido como una tribu.

















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