A principios de los noventas las altas e inesperadas ventas de Nevermind establecieron, sin que nadie se percatara de ello, el principio de un movimiento que, si bien en el más cabal de los méritos, no era una creación de Nirvana, sí veía en esta banda a su mejor exponente. El desbancamiento de Michael Jackson de los charts, contribuyó enormemente al brutal esfuerzo que las disqueras emprendieron por encontrar quienes tuvieran mínimamente una pisca del sonido sucio y desencantado de Nirvana. De esta manera, de la noche a la mañana, el surgimiento desaforado de bandas underground saturó de álbumes debut las tiendas de discos. Con todos estos elementos, se necesitaba de un sello que distinguiera el sonido que por esos días se creaba en Seattle. Siendo evidentemente una inercia a lo iniciado antes por grupos como Pixies, Mudhoney y R.E.M. principalmente, el epíteto de alternativo pasó a cobijar todo un movimiento emergente y de gran potencia. Posteriormente –y casi de manera inmediata-, la aparición y notoriedad de bandas como Pearl Jam, Alice in Chains, Soundgarden y Stone Temple Pilots –sólo por mencionar a la más conocidas-, signaron gran parte del sonido que dominaría al rock norteamericano de la primera mitad de los noventas. El grunge albergó voces y sonidos a través de los cuales el clima generalizado de insatisfacción y pesimismo de los jóvenes norteamericanos encontró una catarsis.
En Europa las cosas distaban del contexto americano. En Inglaterra se vivía desde finales de los ochenta, un movimiento propositivo pero de niveles reservados. Los Stones Roses paulatinamente perdían las virtudes que en un principio los habían destacado como la mejor banda inglesa después de los Smiths; los Happy Mondays daban continuidad a su sonido influyente, pero sin que de ninguna manera provocara interés más allá de la isla. La música dance se había mezclado con el rock y de esa manera habían surgido las propuestas musicales más importantes en años; no obstante, sus principales exponentes estaban desapareciendo del mapa. En ese sentido, en Inglaterra se asentaba un lapso sin movimientos vertiginosos dentro del ambiente musical, y no fue sino hasta la aparición de agrupaciones como Suede, Blur, Pulp, The Verve y sobre todo Oasis, que de nueva cuenta la música británica volvería a figurar a nivel mundial. Dentro de toda esa camada, sería una agrupación la que destacaría por ser la que menos encajaría dentro del sonido inglés de la época. Esta agrupación era Radiohead, quienes lograron causar notoriedad gracias al sencillo “Creep”, el cual paradójicamente sonaba más al estilo grunge imperante en Estados Unidos y no al melodioso bripop de su país natal. Bajo esta influencia, y aunque con cierto grado de desconcierto, la banda británica logró posicionarse en Estados Unidos -no a la misma altura de las bandas grunge por supuesto-, al grado de convertirse en el grupo abridor en la gira de promoción del Automatic For The People de R.E.M., y de que su álbum debut, Pablo Honey, fuera todo un hallazgo entre los jóvenes de la tierra del tío Sam.
A pesar del imprevisto éxito en Estados Unidos, el periodo que Radiohead pasó en gira junto a R.E.M. anexó no solamente una buena relación con los oriundos de Athens, también les proporcionó una madurez musical que se haría evidente en la estructura de su siguiente disco. Como suele suceder con los discos que generan gran expectativa, las circunstancias que rodearon a la grabación de The Bends, sumaron en su momento y al paso de los años, un escenario alterno donde la historia sería radicalmente distinta a la que conocemos. Tras la fama cosechada con “Creep”, la etiqueta de One Hit Wonder se tornó en algo que incomodaba a cada uno de los integrantes del grupo, muy especialmente a Thom Yorke. Ante esta presión, los problemas internos adquirieron mayor constancia y su origen repentinamente mostraba varias aristas; el miedo desquiciante de haber perdido la orientación como grupo fue la constante durante ese oscuro periodo. Finalmente las dificultades fueron superadas y para el año de 1995 The Bends fue presentado. Tras una rimbombante presentación en un fastuoso hotel de Londres, distintos medios presenciaron los alcances del grupo. Lo demostrado aquella noche no permitiría lugar a dudas: Radiohead era una de las bandas del momento. A diferencia de sus compatriotas -Blur y Oasis-, Radiohead nunca mostró ese resabio que suele acompañar a ciertas bandas británicas con respecto a la necedad de autoplocamarse “la mejor banda del mundo”. Las críticas al grupo eran positivas, inclusive exageradas, sin que esto interfiriera de manera alguna con su sana postura, tan lejana del elogio gratuito. Durante el verano de 1995, la encarnizada batalla entre Blur y Oasis por las listas de popularidad, construyó una realidad: la mejor banda inglesa de esos momentos no era otra más que la liderada por Thom Yorke. Mientras el britpop dominaba los chards británicos; “Country House” y “Roll With It” ocupaban las primera posiciones, los sencillos “Just”, “Fake Plastic Trees”, “Street Spirit” y “High & Dry” colocaron a Radiohead dentro del gusto de millones de personas.
El periodo que hermana a Pablo Honey con The Bends le proporcionó a este último un evidente distanciamiento evolutivo, aspecto que en Ok Computer -su tercer disco- se eleva a potencias inimaginables. Cuando la tercera placa de Radiohead salió al mercado (1997), la escena musical inglesa atravesaba la incertidumbre total; el dilema consistía en seguir la estela del sonido cada vez más débil del britpop u optar por los sonidos electrónicos que dominaban ese año y que marcaban pautas a seguir. Bajo ese contexto Radiohead se encargó de orientar no sólo el sonido inglés hasta finalizar el siglo XX, sino también el que se haría mundialmente. Si la primera mitad de los noventas fue dominada por la estela del sonido grunge de Nirvana, la segunda mitad perteneció al sonido etéreo de Radiohead. La música de Ok Computer transformó la escena musical; se convirtió en un hito instantáneo, al grado de ser considerado por los lectores de la prestigiosa revista Q, como el mejor disco del siglo XX. Es justamente en este punto cuando las críticas y valoraciones sobre la banda adquirieron niveles estratosféricos. Lo que Ok Computer representa para los noventas es análogo en importancia a lo que Dark Side of The Moon de Pink Floyd representó para los setentas. Al estar prestas las condiciones para todo tipo de opiniones acerca del grupo, se tornó bastante común en las revistas especializadas la saturación de artículos referentes a ellos, algunos -dicho sea de paso- notables, mientras otros francamente exagerados. ¿Acaso Radiohead estaba al nivel de los grandes monstruos del género como Pink Floyd, Queen, The Who o los mismísimos Beatles? Más de uno en su momento llegó a afirmarlo, generando por ende efectos disímiles, opiniones encontradas o de plano opuestas. Bajo ese criterio existían dos bandos; el primero apostaba por devolver a la banda a sus justas proporciones, mientras que el segundo, cada vez más se abalanzaba en elogios desmesurados.
Tres años fue el tiempo que Radiohead se tomó para volver con un nuevo álbum. Los vaticinios de los críticos poco se acercaban a los resultados que Thom Yorke y compañía habían logrado. ¿Después de algo como Ok Computer, qué más se podía esperar? Ese era tal vez el sentimiento que más presencia tenía entre los seguidores. ¿Podrían sorprender al mundo nuevamente? Cada quien se respondía como podía, sin embargo con certeza nadie era capaz de visualizar lo que el futuro le deparaba a la banda. Con el inicio de un nuevo siglo, la agrupación brindó la primera gran sorpresa del año 2000. En el más puro sentido artístico eso era lo que representaba Kid A para el ámbito musical. La acogida a tan sui géneris placa fue dispar. Por primera vez se externaron críticas negativas a su trabajo. Se hablaba de un sacrificio en pos de una intención de retraimiento ante la apabullante presión que representaba haber creado años atrás una obra tan monumental como Ok Computer. Esta vertiente era clara, los integrantes del grupo, muy en especial Thom Yorke, contemplaban su futuro con profundos cambios. Entonces Kid A fue el medio perfecto para comenzar a labrarlos. La casi desaparición de las guitarras para este álbum eran notorias desde el primer momento. La electrónica se volvió entonces el estandarte del álbum, si bien no permanecían las guitarras estruendosas de The Bends y Ok Computer -donde ya incluso, salvo por un par de tracks no sonaban tanto-, la desesperación y angustia desgarrarte permanecían incólumes. Fue entonces, y sólo después del paso de algunos meses, que se le dio la justa dimensión a Kid A. Los tipos eran unos artistas, unos genios, pero también, por su entorno, unos sobrestimados. Más de uno en su oportunidad creyeron ilógico considerarlos de esa manera, es decir, ¿qué más podía exigírseles? Bastante difícil resultaba aclarar esto sin que se hirieran afinidades y predilecciones. Lo que muchas personas veían en Radiohead era la misma magnitud de grupos como los Beatles y Pink Floyd, es decir, veían a una agrupación ceñidera de una época y un estilo. Siendo un elemento sumario a esta condición, la poca libertad artística de los nuevos y consagrados músicos ante las reglas establecidas por el mainstream, hacían cada vez más difícil la creación de productos que no fueran, por decirlo de alguna manera, interrumpidos o alterados en el afán de conquistar a las masas. Es por esa razón que Radiohead logró mantener una posición casi incuestionable, pues ante todo eran de los pocos grupos que aún atrevían a crear obras personales e innovadoras. Otro aspecto notable en la carrera de Radiohead radica en su sana conducta para asimilar los alcances y beneficios de su propia imagen. Es común entre los músicos, sobre todo en aquellos que su carrera los hizo alcanzar el estatus de iconos, afiliarse y abanderar ciertas causas y movimientos sociales. A más de uno les ha sucedido que su postura no proyecta sus verdaderos ideales y terminan cayendo en la terrible necedad de convencer y cambiar, o como ellos lo definen: concientizar a las personas. Comprendiendo la peligrosidad artística que esto conlleva, Thom Yorke y compañía han procurado evitar en lo posible esta imagen, sin que esto limite la crítica política y social que los ha caracterizado desde sus inicios; incluso el apoyo que han llegado brindar a ciertos movimientos no ha sido objeto de focos de atención, quedando al margen de su carrera musical.
A partir de Amnesiac, que representó una continuidad del sonido de Kid A y a los cuales podemos señalar como los álbumes en los que nació el Radiohead que conocemos en la actualidad, la carrera musical del grupo se ha mantenido intacta. En la década pasada sus integrantes alternaron el tiempo que el grupo gastaba en giras o el estudio, para crear obras personales o participar en otros proyectos. Hasta ahora la incursión de Jonny Greenwood en el soundtrack de muchas películas ha sido más que destacable, ahí queda su contribución en la versión fílmica de la novela de Haruki Murakami, Tokio Blues. Hail to the Thief mostró la conjunción del viejo grupo; con sus guitarras clásicas y la vena electrónica de sus trabajos inmediatos. Este disco representó su último trabajo distribuido por el sello EMI. A partir de ese momento sus siguientes discos In Rainbows y The King of Limbs, fueron lanzados de manera independiente e incluso el grupo puso el costo de las canciones de ambos materiales a consideración del público, un hito único en la historia de la música. Irrepetible hasta que surja nuevamente una agrupación que logre conjuntar los elementos artísticos e ideológicos del grupo oriundo de Oxford. Todo indica que tendremos que esperar sentados largo tiempo hasta que eso suceda.




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